Cuando los asuntos internos se vuelven universales

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Lunes 21 de enero, 2019

Curiosamente, los presidentes más recientes de América Latina parecen estar bajo la misma idea errónea, aunque en circunstancias bastante distintas.

La decisión del izquierdista mandatario mexicano, Andrés Manuel López Obrador, de volver a la tradicional política exterior del siglo XX de no entrometerse en los asuntos internos de otras naciones está siendo utilizada como cortina de humo al no condenar el presidente venezolano, Nicolás Maduro, quien asumió este mes un segundo mandato después de la farsa electoral de 2018, y al no unirse al resto de países del Grupo de Lima que se niegan a reconocer su régimen.

La situación en Venezuela es grave y bien documentada, por lo que sobran los detalles, aunque sí cabe mencionar que cuando las personas enfrentan una crisis de tales proporciones —que ha llevado a millones de venezolanos a huir del país— y son dirigidas por un gobierno que pisotea los derechos políticos y humanos básicos y que usurpa la Constitución, lo que AMLO parece considerar como "asuntos internos" son, en realidad, asuntos humanitarios universales.

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La Constitución de México de 1917 establece que el presidente debe seguir una política exterior de no intervención en los asuntos internos de otros países y de protección y promoción de los derechos humanos. Sin embargo, no hay ninguna contradicción en "intervenir" en los casos en que los derechos humanos o los valores universales no se respetan, ya que dejan de ser asuntos internos.

Eso no quiere decir que México o cualquier otro país debería apoyar la intervención militar en Venezuela. Tal acción —que probablemente debería ser encabezada por EE.UU.— sería una locura. Además de estar condenada al fracaso desde el principio, agravando aún más la situación (basta mirar a Irak, Siria, Libia, Afganistán, etcétera), dadas las reservas de petróleo de Venezuela, permitiría que Maduro y sus aliados se presenten a sí mismos como víctimas de la agresión imperialista (incluso más de lo que ya hacen al culpar a EE.UU. de la implosión económica del país). Probablemente llevaría a su consolidación en el poder. Además, la mayor parte de América Latina probablemente solidarizaría con los venezolanos, si no con el propio Maduro.

Está bien que AMLO pida un diálogo para tratar de resolver los problemas de Venezuela, pero usar el principio de no intervención es una débil excusa para no condenar enérgicamente el régimen ilegítimo de Maduro.

Ahora, al otro extremo de la escala política se encuentra el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Aunque quizás no sea tan explícito como AMLO, su gobierno también recurre a condenar la intervención extranjera, pero en el caso de la protección de la selva amazónica.

Si bien es un punto justo que Europa ha derribado ya la mayoría de sus bosques, aunque hace cientos de años —podíamos preguntarnos quiénes son ellos para enseñar a Brasil sobre la conservación de la mayor selva tropical del mundo—, eso hace que sea aún más imperativo que lo que queda de la Amazonía debería preservarse si queremos salvar el planeta para las futuras generaciones. El medioambiente es, después de todo, el lugar donde todos vivimos, y protegerlo no es un ejemplo nacional sino otro ejemplo de un problema universal que trasciende los asuntos internos.